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Me llevaron a cenar a un restaurante clandestino en Londres y esta fue la experiencia

Me llevaron a cenar a un restaurante clandestino en Londres y esta fue la experiencia
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Había quedado para cenar y no esperaba sorpresas. A fin de cuentas, un restaurante puede gustarte más o menos, ser de mayor o menor calidad, pero no deja de ser un restaurante. Recuerdas algunos restaurantes por la excelencia con la que preparan X plato o un postre, por la buena atención, por tener un gran diseño, pero pocos son los restaurantes en los que entras y te sorprenden de un primer vistazo por ser diferente a todo lo que has conocido.

Caminaba por Brick Lane, una de las calles con más vida de Londres, famosa por su mercadillo de los domingos que sin embargo, es mil veces más bonita e interesante cualquier otro día. En Brick Lane tienes dos partes diferenciadas: la parte hipster, con sus terrazas, sus bares de copas y sus mil y una tiendas vintage y la parte de los restaurantes indios, donde de repente parece que estás en Mallorca, con un montón de "relaciones públicas" haciéndote ofertas para que cenes en sus restaurantes que, por cierto, todos son ganadores de algún premio. Qué casualidad.

Lo que vengo a decir es que en Brick Lane tienes muchísima oferta para todos los bolsillos y paladares. Lo que menos esperaba yo es que el sitio en el que iba a cenar, el 224 de Brick Lane, iba a ser una tienda de ropa.

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Efectivamente, entré a cenar a una tienda de ropa, con cara de póker, preguntando todo el rato "¿Seguro que es aquí?" y pensando que acabaría cenando bolso con patatas, pero nada más lejos de la realidad: en la parte donde supuestamente debería estar el almacén, detrás de unas cortinas negras, habían montado un pequeño restaurante. Pequeño porque sólo tenía tres mesas, eso sí, para seis u ocho personas cada una. La idea es alejarse de las clásicas mesitas para dos y cuatro de la mayoría de restaurantes, sentarte con desconocidos y, si se tercia, compartir además de la mesa una buena conversación.

En nuestra mesa se sentaron, algo apartadas, dos chicas. En otra mesa sentaron a un grupo de amigos. Además de las dos camareras no había nadie más. Las mesas eran de madera robusta, estilo rústico y con toques de los años 70, había una vieja librería y también un sofá, todo era carne de foto de Instagram.

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El lugar se llama Back in 5 minutes y pertenece a una compañía llamada Disappearing Dining Club, un curioso proyecto que fue fundado en el año 2010 por y para personas amantes del buen comer y beber que quieren disfrutar además de buena compañía en sitios privados e inusuales. Su fundador, Stuart Langley, tiene más de quince años de experiencia llevando bares, restaurantes y clubes privados en Londres y el resto de Eruopa y en 2012 se unió al chef Fredrik Bolin para abrir Back in 5 Minutes. De modo que el de Brick Lane es algo así como el buque insignia, el lugar físico y permanente en el ofrecen esta curiosa experiencia, sin embargo, investigando más sobre ellos, resulta que organizan cenas en iglesias, debajo de las vías de un tren, en estudios de fotografía, en tiendas de antigüedades, en jardines o en fábricas abandonadas. Resulta que también van a tu casa y organizan una cena si se lo pides.

Cuando te sientas, lo primero que te traen es un cocktail de bienvenida: en este caso eran un cocktail cítrico que parecía limonada, estaba buenísimo. También te traen el menú. Y digo menú, que no carta, porque otra de las peculiaridades del sitio es que a veces vas a menú cerrado, es decir, que lo único que puedes escoger es la bebida, otras, te dan a elegir entre tres entrantes, tres principales y tres postres. Imagino que si vas a menú cerrado y eres alérgico a alguno de ellos lo único que te queda es llorar e irte al Subway de la esquina.

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El menú varía a diario y los productos son frescos y de temporada, sería imposible catalogar la comida que sirve Fredrik Bolin como comida de un sólo país, no es cocina típicamente inglesa, debido a los lugares en los que el chef ha estado, sus platos son una mezcla de todo: sueca (de donde es el chef), británica, francesa e italiana, principalmente. En cuanto a las bebidas, además de tener una impresionante carta de vinos también ofrecen cocktails y un par de cervezas.

De modo que creo que era mi día de suerte, porque en el plato principal de la noche el protagonista era el pato, una de mis carnes preferidas (cuando está bien preparada, claro). El primer plato era una ensalada de judías verdes, queso parmesano y tiras de ibérico (recordemos que estamos en Londres, me supo a gloria), el segundo, como ya he mencionado, eran unos jugosos filetes de pato en su punto, patata asada y un acompañamiento de verduritas y el postre, una especie de flan de yogur con frutas.

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Y estaréis pensando que "ahora viene cuando la matan", ¿verdad? Os diré que no es el restaurante más barato de Londres, pero que no es ninguna salvajada, el menú sale por 30 libras por cabeza, bebidas aparte. Teniendo en cuenta que estamos en Londres y en el lugar en el que estamos, me parece razonable para concederte un capricho un día especial.

Me pareció toda una experiencia: el trato de los camareros es muy amable, muy de tú a tú, como si estuvieras en la cocina de la casa del chef, básicamente. Es cierto que al ir entre semana no viví aquello de ponerme a hablar con el resto de los comensales, ya que nuestra mesa no se llenó. El lugar es íntimo y muy agradable, cuidan la música, la iluminación y todos los detalles. Es un sitio muy recomendable.

Back in 5 minutes abre de miércoles a domingo y si queréis ir, es importantísimo hacer antes una reserva, especialmente si tu plan es ir en fin de semana, quizás entre semana tengas suerte, pero mejor asegurarte. Para más información podéis consultar su web.

Más información | Disappearing Dining Club
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